lunes 4 de agosto de 2008

Tres libros.


Durante varios siglos, el Santo Oficio de la Inquisición registró en Canarias los detalles más escabrosos de sus prisioneros. Fiscalizados mediante genealogías, amedrentados con testificales y pesquisas veraces o inventadas, sojuzgados por arbitrariedades destiladas en las ordalías inquisitoriales, pasaron involuntariamente a la posteridad en pliegos de folios apergaminados. A través de los registros milagrosamente atesorados en las islas, salen del anonimato cotidiano miles de personas, sufrientes pero también espabiladas, que vivieron hace siglos en Canarias su camino de penitencia o de cadalso.

Así, tenemos a Manuel Fernández, discreto donde los haya, mercader converso de Tavira avecindado en Tenerife, casado, de 40 años. El Santo Oficio lo detiene en Garachico en el año 1599 y lo traslada después a Gran Canaria coincidiendo con la invasión del holandés Van Der Does. Imputado con él, hallamos a Antonio Martínez, joven portugués de 18 años. De tez mulata, es criado del tratante. El juicio inquisitorial se celebra por haber sido acusado el primero presuntamente de hacer burla de los azotes de Cristo en tiempo de Cuaresma, vareando a cubierto la espalda desnuda del muchacho en esas fechas de recogimiento y confesión. Sin embargo, el judaizante no es tal. Manuel confiesa que ya estuvo en prisión en Azores durante una visita de la Inquisición por cuitas parecidas. Antonio, por su parte, es acusado de no oponer resistencia al flagelo de su patrono, que en tres ocasiones lo fustigó con ansia castigadora con excusas poco convincentes sin que el joven rechistara convenientemente. Preguntado el mercader en qué momento cesaba la disciplina sobre su criado, confiesa al fin que la batida de su mulato concluía siempre que "le venía al caño de su natura la simiente como quando se tiene quenta con una mujer".

El pobre Manuel fue condenado, con su criado, a prisión y le fueron confiscados sus bienes. Trasladado a Teror mientras la infantería holandesa ataca Las Palmas, falleció preso en calidad de buen cristiano, suspendiéndose el proceso y devolviendo 654 reales de la incautación a su viuda. El joven mulato es puesto en libertad en 1600, aduciendo ser "cristiano viejo", aunque se registra constancia de que recibía los azotes sin protestar, para satisfacción de su dueño y, es bastante probable, también para su propio solaz. Por esa vez, salvó la vida. Rescató estos hechos del olvido Luis Alberto Anaya Hernández, en un precioso texto publicado en 1996, de su tesis doctoral de 1994.


De la acción represiva no se libraba el clero, si bien los curas ejecutaban sus lances eróticos en posición de privilegio. Cuando hoy se intenta analizar el escarnio que supone desde el punto de vista de la ortodoxia de la Iglesia católica la mayoritaria orientación homosexual de sus sacerdotes, a menudo se olvida que la sacra institución persiguió no sólo el "pecado contra natura"; durante siglos el clero era mayoritariamente heterosexual, reflejo proporcional de la sociedad en que predicaba, pero las normas de la Iglesia se concentraron con preferencia en la extirpación de esas relaciones sexuales de los célibes, debido precisamente a su notable pujanza.

A los clérigos amancebados se dirigen las constituciones sinodales de Muros, exigiendo "que aparten de sí las concubinas públicas, si las tienen, y ninguno sea más osado tenerlas en sus casas, nin en agenas". Las sinodales de Vázquez de Arce muestran una Iglesia más desesperada, cuando conmina a "que ningún clérigo se halle presente a boda, ni obsequios, ni baptismo [de sus hijos], ni [les] haga manda, ni donación alguna [...] estatuimos e hordenamos, que ningún clérigo, seglar o religioso [...] sea presente a baptismo, ni a desposorio o bodas o obsequias, de sus hijos o hijas o de sus nietos, ni hagan manda donación a muger alguna con quien sea ynfamado o la tenga por concubina [...] y esta misma prohibición e pena estendemos contra cualquier clérigo que le acompañare con sus hijos o nietos o yernos o los truxere para que le ayuden missa, e que los tales hijos o yernos no entre con ellos en el coro estándose di[ciendo misa]". Los nietos, ahí es nada.

Especial preocupación derivaba de la frecuencia de pecados carnales dentro de las iglesias. Era comidilla generalizada que en las capillas, los coros y los aposentos del sacerdote este consumaba sus calenturas sexuales acosando sin compasión a las feligresas que se prestaban o rendían a sus solicitaciones. Por ello, a partir del Concilio de Trento de 1551 se dispuso que la confesión privada en el templo, reconocida doscientos años antes en el cuarto concilio Lateranense en 1215, se realizara en un habitáculo provisto de rejillas que separasen al penitente del confesor, en evitación de tentaciones. Los confesionarios son monumentos a la apasionada sexualidad de los sacerdotes.

Pero como estos reservados eran de madera, la incansable imaginación bien embriagada de testosterona se concentró en rejas reversibles, huecos o rendijas en el rallo, conduciendo a situaciones de gloria íntima realmente deliciosas. Lo cuenta Francisco Fajardo Spínola en su cautivadora monografía sobre las víctimas del Santo Oficio. En una testificación del año 1604, Inés Hernández, radicada en Guía, contó que mientras se hallaba en confesión en el convento franciscano de Gáldar ante Fray Pedro de la Concepción, el sacerdote en dos ocasiones "quitó una tabla del mismo confesionario y como mejor pudo procuró tener acceso carnal en aquel lugar con esta testigo, y aunque no pudo tan enteramente como él quisiera, con todo eso cumplió él su voluntad".

No quedó ahí la cosa, pues he aquí que para suerte o desgracia del clérigo, según se mire, rebuscando y dándole vueltas a la mejor manera de acometer entera su voluntad, dió con un nudo extraíble en la tabla a la altura de la cintura. El testimonio de otra testigo, María de Solís, así lo corrobora, cuando declara que Fray Pedro le indicó "que se llegase su cuerpo a un agujerillo que estaba en una tabla del dicho confesionario, y ésta lo hizo, y el susodicho metió su miembro genital por el dicho agujero, y por ser pequeño no pudo tener acceso ni cópula". Sin contar que debió quedarle aquello hecho un cristo. Pobre.

Si algo destaca en estas detalladas narraciones de casos inquisitoriales es que, una vez conocidos, los hechos nos resultan verosímiles, llamativamente contemporáneos, incluso actuales. No lo escribo en sentido figurado. En uno de los relatos de su trilogía autobiográfica, el ya fallecido Eduardo Haro Tecglen comenta cómo en tiempo de Franco, a finales de los años 60, fue invitado junto a otros miembros del Club Internacional de la Prensa a almorzar con el Ministro de Información y Turismo, Gabriel Arias Salgado, quien destacando los hitos de la censura de revistas en referencia a alguna portada provocativa, se felicitó porque había contribuido eficazmente a reducir a menos de la mitad el número de masturbaciones, pecado perseguido por las autoridades censoras del nacional-catolicismo. A Haro Tecglen le picó la curiosidad por cómo el ministro se atrevía a dar cifras en menesteres tan privados, así que más tarde, en un aparte, le preguntó directamente, imagino con más sorna que inquietud, cómo podía estar tan seguro de que habían disminuido las masturbaciones. Ni corto ni perezoso, Arias Salgado le espetó muy ufano que, hombre, eso se sabía "por las estadísticas de los confesionarios". Resulta que los curas, metódica y lúbricamente, continuaban consignando registros de actos sexuales individuales en España doscientos años después de abolida la Inquisición.