lunes 9 de noviembre de 2009

Robando pescado a los Reyes Magos.


Hace más o menos 2008 años sitúa la mística cristiana la encarnación del Verbo, es decir, la objetivación temporal de una subjetividad intemporal con el fin de trascender, que representa en la cultura occidental la ruptura entre una era de adoración de atributos de culto inmanente y otra de religiones basadas en la codificación.

La idea es esta: si adoramos una cosa -una estatua, un lugar geográfico o físico, un retablo o representación artesanal, un icono, etc.-ésta es una misma para todos los creyentes, y puede convocar diferencias de criterio, ser cuestionada, criticada, destruida, es perenne -como cuando vamos a una exposición y opinamos-; ahora bien, si el culto se basa en una ideación que interioriza el signo escrito, recitado o cantado -"la palabra de dios"-, que carece de objetivación concreta y tiene lugar solamente en la cognición de cada creyente -la fé, para entendernos-, la religión se dota de trascendencia superando las limitaciones espacio-temporales de los cultos inmanentistas, pues el objeto mismo es indeterminado y pone de acuerdo múltiples recreaciones posibles del código común -el Libro.

El principal invento de esta manera de ver las cosas fue el dinero. Una moneda o un billete son todas las cosas que podamos cambiar por ellos. En la fábula de la lechera, ésta imagina de camino al mercado las posibilidades en que se transformará el dinero que obtendrá de la venta del cántaro que lleva en la cabeza. Cuando este se rompe contra el suelo, ella despierta de pronto a la realidad negadora de sus ilusiones. El proceso cognitivo de la fé religiosa es exactamente igual.

Si cada página de la Biblia fuera un billete de 500 euros que el sacerdote ofrece a sus feligreses, cada uno de ellos se ilusionaría con sus propias compras, en función de sus personales e íntimas inquietudes. El Paraíso de cada cual, el cuerno de la abundancia, la más libre y abierta posibilidad de ensoñación, una relación tan personal como directa con la deidad. Con sus billetes de 500 euros canjeables por cualquier cosa, todos estarían mucho más felices y dispuestos a dar crédito a "la palabra de dios" que si, por ejemplo, en cada página del Libro sagrado hubiera una misma foto de una moto Kawasaki ZZR1400. No a todo el mundo le gustan las motos, ni esa marca, ese modelo, ese color, etc.

He aquí el problema que la humanidad resolvió para aglutinar, aglomerar y capitalizar el
poder simbólico de los signos escritos en los códices y asegurar a algunos elegidos una capacidad de dominación presuntamente eterna, es decir, trascendente, incuestionable y capaz de mover al asesinato y el genocidio en su nombre. Por esta noción Lutero llamaba a sus seguidores al iconoclasmo, que etimológicamente viene a significar "destrucción de iconos", que es como si alguien armado de una maza cogiera la moto Kawasaki y la redujera a chatarra en medio del altar.

Razón tenían los romanos al considerar que el cristianismo era una "plaga", una enfermedad mental, y que de nada servía arrasar sus templos, porque el enemigo del Imperio se había alojado dentro de su pecho o en su estómago -que era con lo que se pensaba según la ciencia de aquella época-, de manera que solamente matándolos o deportándolos podía frenarse su expansión.

Mucho ha matado la humanidad a partir de este descubrimiento. La relación de los seres humanos con el descubrimiento de la codificación, es decir, de la escritura como instrumento de fijación y acumulación mnemotécnica al servicio de la dominación y el poder, ha sido extremadamente violenta. El principal atributo de civilización y cultura de la actualidad -la alfabetización frente al analfabetismo- ha escrito su historia con la punta de una espada y la sangre de millones de víctimas. ¡Qué paradoja!

Pero no quería hablarles de esto hoy, sino del secuestro del Alakrana.

Hace 2013 años aproximadamente, hacia el mes de marzo del año 5 antes de J. C., los Reyes Magos vieron la explosión de una estrella al Este y decidieron iniciar el viaje para llevar a Belén oro, incienso y mirra. Las fuentes no concuerdan en casi nada sobre el mito. El camello en esa época acababa de ser traído al Norte de África por los romanos de sus campañas en Asia, así que probablemente el medio de transporte sería a caballo y sólo a partir del siglo VII aparece en el relato ese animal simbólico por antonomasia de la fiesta navideña en nuestra cultura.

Estos Magos, en realidad, proceden de antes de la caída de la Torre de Babel, cuando la numéricamente escasa condición humana todavía se comunicaba en una lengua afroasiática con distancias sólo dialectales en la cuenca Mediterránea, Oriente Medio y el hemisferio Norte de África.


La palabra Mago tiene la raíz MGD o MQD, que en protobereber significa vasallo o vasallaje, por extensión, ni noble ni esclavo, trabajador libre, artesano manual o intelectual, excluido del arte de la guerra reservado a la nobleza. Pocos canarios saben que nuestro "mago" del campo es exactamente el mismo que califica a los Reyes Magos de Oriente.

Entre los guanches, el "magado" es el bastón símbólico que se entrega en la ceremonia de reconocimiento de nobleza en vasallaje. Probablemente, en realidad MGD era la propia ceremonia, la asamblea de los vasallos y el vasallo mismo que allí se reconocía. En Marruecos, el islote de Mogador tiene la misma raíz y significado de lugar donde se reúnen los vasallos -quizá, a comerciar con los fenicios, aunque no estoy de acuerdo con López Pardo y Mederos Martín sobre la traducción QRN como "Cuerno" por la forma de una punta del islote de Mogador y su consiguiente identificación con la Cerné de Hannon. En cuanto a MGD, todo es lo mismo.

Estos magos de Oriente que rinden vasallaje a Jesús en Belén son comerciantes bereberes que han colonizado el País de Punt en el Cuerno de África, la actual Somalia, procedentes del extremo de la península Arábiga que se encuentra justo en frente, en el actual Yemen, atravesando el golfo de Adén. Sus colonias salpican la costa al Norte y al Sur del cabo Guardafuí.


Estos bereberes que comparten origen afroasiático con los fenicios y con nuestros guanches, se especializaron en el tráfico de la mirra, el incienso y el oro, procedentes del interior, mercancías que alcanzaban el mar desde la ruta saheliana del entorno del lago Chad, un nudo de comunicaciones con el Sudán, el mundo negro africano, objeto de constantes incursiones esclavistas con destino a la costa mediterránea -Libia, Túnez, Argelia, Marruecos- y Atlántica -Níger, Mali, Senegal, Mauritania, Sahara-Canarias, Marruecos. Desde Somalia conducían el oro, el incienso y la mirra a la costa mediterránea, Palestina, Líbano, Siria.

Hoy seguimos colonizando y comerciando con productos de allí los descendientes de aquellos
magos, y continuamos también en guerra con el África negra, enfrentada por la supervivencia a nuestras refinadas formas de dominación y expolio.

El planeta agota los recursos marinos, que se han convertido en esenciales en el tráfico de proteínas para alimentar a cientos de millones de personas. Agotados los caladeros nacionales y los tradicionales, los estados occidentales envían sus flotas al pillaje de los recursos pesqueros de estados fallidos como Somalia, o dependientes y empobrecidos como Mauritania y Senegal.

La esquilmación mediante trawlers arrastreros que está prohibida en nuestras costas es allí la actividad que protege la Armada. Pero llamamos "piratas" a quienes osan reclamar esos recursos como propios de su país, o bien intentan beneficiarse económicamente en conflicto con las flotas invasoras de la actividad de rapiña que éstas están ejecutando en sus aguas.

Cuando capturan uno de estos barcos pesqueros, lo consideramos un acto de "piratería" y un "secuestro". Si capturamos a algún somalí y le hacemos la prueba ósea para determinar su edad y resulta que no ha cumplido 18 años, como la prueba es inexacta, lo convertimos en un adulto para poderlo juzgar y condenar sin el amparo de la Ley del Menor.

Aunque sabemos que el Alakrana pescaba fuera del área de seguridad, es decir, más cerca de la costa de lo que se puede considerar una esquilmación segura, a alguien se le ocurre recomendar a los armadores que contraten los servicios de mercenarios armados para responder desde los barcos a los ataques. A eso lo llama la prensa "servicio de seguridad", porque si emplearan la denominación de mercenario, se acercarían peligrosamente por sinonimia a la de pirata, y allí piratas sólo hay unos.

En definitiva, la indecencia de cómo se ha abordado en España unos hechos que no son otra cosa que actos de piratería para robar los recursos pesqueros de Somalia aprovechando la desestabilización del país, conduce a llamar piratas a las víctimas de ese expolio, y víctimas a los auténticos piratas, a los que además se defiende desde el Estado enviando buques de guerra, y se llega al colmo de recomendarles que contraten mercenarios para poder piratear protegidos si se aventuran más cerca de la costa. En esta ceremonia de cinismo sin precedentes en el reciente auge del imperialismo español, se trata como "secuestrador" a quien captura a unos piratas, y se denomina "secuestrados" a los piratas españoles capturados por los somalíes.

Me recuerda al impresionante documental La pesadilla de Darwin sobre el tráfico de armas y percas en los Grandes Lagos. Casi al final, un piloto ruso medio borracho confiesa ante la cámara que, en una ocasión, llevó uvas del centro de África a los niños europeos para que celebraran la Navidad, y trajo de vuelta munición para los niños centroafricanos, niños-soldado, para que se mataran entre sí en las disputas occidentales por los recursos de esos países africanos.

No es inapropiado decir que en el affair Alakrana el estado español está promoviendo y protegiendo la piratería, no combatiéndola. Por eso, el discurso de la Ministra de Defensa ofende a la inteligencia y resulta trágicamente indecente. El lenguaje retorcido empleado por el Gobierno y seguido a pies juntillas por la prensa española e internacional es de parcialidad y complicidad criminal con las actividades de esquilmación y expolio que las flotas españolas están llevando a cabo en el mar de Somalia. Allí estamos, literalmente, robando pescado a los Reyes Magos.