No es “la derecha”, Sr. Alemán. La derecha son también ustedes. Es una opinión que pasa a su izquierda, pero comprende uno que el PSOE no puede decir las cosas que usted dice, o las que dice Santiago Pérez, criticando a un partido o un portavoz a su izquierda que no habría manera de soslayar y haría patente, en cambio, un miedo acendrado a que el rumbo de los acontecimientos fuera el descrito. Tampoco la carta náutica es un invento de diseño en el cenáculo de Paulino Rivero, aunque ahora que lo pienso, hace tiempo que no me como un huevo frito. A mi me gustan más escaldados, que es como se devora el alma del adversario. Si bien, entiendo que perorar en clave de estricta y contumaz oposición resulte un púlpito desde el que enseñorearse a placer sobre la idea, además de bailar la yenka. Ni viene de la derecha, ni tampoco del círculo íntimo de Paulino Rivero. Pero es más, la carta náutica es un análisis quirúrgico, a usted que tanto le gusta la cirugía, de una operación que Los Verdes ni demandamos, ni apoyamos. La derechización enraizada hasta florecer como un endemismo en el PSOE no es en nosotros una reivindicación, sino una constatación frente al engaño, la hipocresía y la mentira. No se trata de una afinidad con el “régimen de ATI”, sino de una denuncia del “régimen con ATI” que comparte la mayoría en su partido. Se confunde usted del todo: la lógica no es la voluntad, ni señalarla significa desearla. Igualmente, la responsabilidad política no es una opción personal, sino una introspección de circunstancias o avatares que, al cabo, nos obligan. Usted, que cuando pergeñó un principio de acuerdo con Adán Martín la pasada legislatura corrió a reunirse primero con empresarios y constructores antes de hacerlo con su propia Ejecutiva, supongo que comprenderá mi escepticismo ante su apologética oda a la fidelidad de partido y su advertencia de que “sería grave” que su militancia busque respuestas fuera de las directrices internas.
Yo también conozco personalmente a Juan Fernando López Aguilar y sé que el forzamiento de la expresión es en él un signo de extrema debilidad oculta. Yo lo sé pero muchos más lo intuyen y si lo juzgan histriónico es porque no reconocen fortaleza de carácter en el despliegue de toda esa pretenciosa aparatosidad verbal que lo caracteriza. Recuerdo una noche en Las Palmas, hace muchos años, en la cafetería París, cerca del Obelisco. Pepe Alcaraz, que ya compartía visiones con José Miguel Pérez en su departamento de Humanidades, a veces invitaba a “personas independientes de izquierdas”, a la izquierda del PSOE, como Antonio Cabral, a unos debates que nunca condujeron a ninguna parte. Por allí apareció un día una jovencísima Carolina Darias, la primera vez que la vi, y abroncó a los presentes por su falta de sentido práctico. Me gustó. Cabral llevaba sus ideas escritas en una carpetita, pero nunca acababa de exponerlas, se enredaba. En silencio, yo comprendía por qué Viéitez y Mauricio le habían superado, uno como ideólogo, otro como político. Cabral, ya fallecido, era un político chapado a la antigua, honesto, ético, pero probablemente inadaptado a la mezquina politiquería autonómica. Su error político definitivo, en cualquier caso, no creo que fueran sus enredos dialécticos, sino que sus diferencias crecientes no le condujeron, como a otros, a retirarse y tampoco fue capaz de deshacerse de su pasado y elegir una trinchera al otro lado. Se quedó en medio de la nada.
En la mesita del París acababan invariablemente aquellos encuentros nocturnos, amenizados por Rafael Esparza, que nos convencía de que descendía en línea directa de Bencomo, etiqueta negra. En fin, una de aquellas noches, bien es verdad que no fueron muchas, apareció de improviso Juan Fernando. Tal como lo recuerdo, se sentó con nosotros al lado de Alcaraz, taciturno y agitado, guardando un silencio que en él sólo podía reflejar una tensión irrefrenable. Al cabo de unas chanzas de Esparza, relajado el ambiente, de pronto Juan Fernando comenzó a hablar a borbotones con Pepe Alcaraz. Como si no estuviéramos allí, asistí entre sorprendido y horrorizado al desnudo integral de las aspiraciones del hombre. Aguilar literalmente exhortaba con singular mansedumbre, por decirlo suavemente, para que se le concediera un puesto en las listas electorales. Era tal la autohumillación ante Alcaraz, que desprendía tanto una insondable ausencia de amor propio como una diáfana incapacidad de transacción. Juan Fernando parecía querer retirarse de allí aquella noche con una garantía de Alcaraz de que obtendría alguna nominación, “aunque sea a las Europeas”. Quién lo iba a decir, años después, cuando fulminó a Pepe en la redacción del programa electoral de las autonómicas de 2007, provocando el affaire Romero Pi, no pude evitar acordarme de cómo aquella noche Alcaraz se hacía de rogar y de rogar y de rogar, conduciendo a López Aguilar hasta extremos de autodegradación casi concupiscentes.
Ecce homo. He aquí al hombre. Uno puede equivocarse, pues mi ojo no es tan clínico, quirúrgico ni hospitalario como el suyo, Sr. Alemán, ni lo protege el ala ancha que suele cubrir la calva de Santiago Pérez, a quien nadie enseñó que de la vanidad propia a la excentricidad social se llega en dos minutos sin vía exterior. A López Aguilar siempre lo saludé con buen talante, entre otras cosas lo consideraba un referente de mucha coherencia teórica en el debate sobre el federalismo autonómico, a la altura de Eliseo Aja. Lo cierto es que hoy, cuanto más insistencia acentúa en sus arremetidas contra el pacto CC-PP, más debilidad dentro del PSOE traduzco en sus palabras, intuyo su tensión, medito sobre cuánto podrá rebajarse si interioriza que peligra su frágil liderazgo, me doy cuenta que una vez que inicie ese descenso sorprenderá a sus más íntimos colaboradores igual que me dejó estupefacto a mi aquella noche, y sospecho que Jerónimo Saavedra, María Teresa Fernández de La Vega, José Blanco y José Luis Rodríguez Zapatero saben también de qué hablo.
En cuanto al “mirlo blanco que nadie conoce”, hay momentos en política que hacen de la necesidad virtud. Y es que lo relevante, Sr. Alemán, es que un mirlo blanco que todo el mundo conoce difícilmente podría admitir ser vicepresidente en las actuales circunstancias, dicho sea, de nuevo, lógicamente y sin afán profético, lo mismo que puede ser un buen portavoz parlamentario. Es verdad que al que ha portado la piedra en el circuito del partido en silencio y sin desafinar durante la mitad de su vida no tiene por qué conocerlo nadie, pero eso no deja en buen lugar a quienes, como usted, lo despacha así conociéndolo.
