“Hay personas –sentencia Nicholl- a quienes les resulta insoportablemente prosaico que el cuadro más famoso del mundo represente a una oscura ama de casa florentina (todas sus rivales son mucho más glamurosas y aristocráticas), pero, a mi parecer, ese núcleo irreductible de normalidad contribuye a añadirle poesía”. La anotación marginal que permitió confirmar la identidad de La Gioconda se halló en un libro de Agostino Vespucci sobre el orador romano Cicerón.
La Florencia de Leonardo no puede comprenderse sin saber que florentino llegó a ser sinónimo de homosexual. La vida disoluta del cálido, creativo y genial homosexual Da Vinci acompaña siempre al artista tecnólogo, desde que su nombre aparece en una hoja de denuncia escrita depositada en un torno, buche della veritá, a principios de abril de 1476, donde se le cita por aprovechar los servicios sexuales de un muchacho llamado Jacopo Saltarelli, de diecisiete años.
A la izquierda tenemos el Angelo Incarnato, dibujo de Leonardo fechado hacia 1513-1515, que representaría al arcángel Gabriel de la Anunciación -sí, para hacer lo que imaginan- según una corriente iconográfica de la época.
El pene erecto fue emborronado por alguien escandalizado con posterioridad. La historia de Da Vinci y de sus obras es deliciosa.
Igual que Leonardo, pero poco más de mil años antes, César tenía gusto para vestir de manera llamativa y fuera de lo común. Además, puso de moda el cabello repeinado con fijador. Como a Da Vinci, persiguió al prócer Julio toda su vida un único acto de intimidad homosexual real o supuesta. Aunque su fama de mujeriego superó la prueba, nunca se libró de la especie de que había sido sodomizado en su juventud por el rey Nicomedes de Bitinia, en la costa norte de Turquía: “Empezaron a circular historias que retrataban a César como un amante muy servicial y sostenían que había sido el escanciador del rey en una bacanal a la que asistieron varios comerciantes romanos. Otro relato contaba que había sido guiado por los ayudantes del monarca hasta el dormitorio real, que una vez allí le habían vestido con unos ropajes púrpuras y le habían dejado reclinado en un diván dorado esperando a Nicomedes … La aristocracia romana admiraba casi todo lo que implicaba la cultura griega, pero nunca aceptó abiertamente la celebración de la homosexualidad propugnada por la nobleza en algunas ciudades griegas”.

