miércoles 23 de abril de 2008

Dos libros.

Cuando en enero de este año se confirmó que Lisa Gherardini, la mujer del mercader Francesco del Giocondo, fue la modelo que Leonardo Da Vinci retrató en la Mona Lisa, verificando la identificación que hacia el año 1550 apuntó Giorgio Vasari, me llevé una doble alegría. Primero por el propio Vasari, que se revelaba de nuevo una de las fuentes más fidedignas sobre la vida y quehaceres de Leonardo. En segundo lugar, por Charles Nicholl, porque el detalle es también premio al arrobador esfuerzo que compuso en su biografía Leonardo. El vuelo de la mente, cuando a mitad de la voluminosa exégesis escribe: “La “Mona Lisa” de Vasari desde luego existió. Se llamaba Lisa di Antonmaria Gherardini y había nacido el 15 de junio de 1479”. Así pues, Lisa y yo cumplimos años el mismo día.

“Hay personas –sentencia Nicholl- a quienes les resulta insoportablemente prosaico que el cuadro más famoso del mundo represente a una oscura ama de casa florentina (todas sus rivales son mucho más glamurosas y aristocráticas), pero, a mi parecer, ese núcleo irreductible de normalidad contribuye a añadirle poesía”. La anotación marginal que permitió confirmar la identidad de La Gioconda se halló en un libro de Agostino Vespucci sobre el orador romano Cicerón.

La Florencia de Leonardo no puede comprenderse sin saber que florentino llegó a ser sinónimo de homosexual. La vida disoluta del cálido, creativo y genial homosexual Da Vinci acompaña siempre al artista tecnólogo, desde que su nombre aparece en una hoja de denuncia escrita depositada en un torno, buche della veritá, a principios de abril de 1476, donde se le cita por aprovechar los servicios sexuales de un muchacho llamado Jacopo Saltarelli, de diecisiete años.

A la izquierda tenemos el Angelo Incarnato, dibujo de Leonardo fechado hacia 1513-1515, que representaría al arcángel Gabriel de la Anunciación -sí, para hacer lo que imaginan- según una corriente iconográfica de la época.

El pene erecto fue emborronado por alguien escandalizado con posterioridad. La historia de Da Vinci y de sus obras es deliciosa.

Igual que Leonardo, pero poco más de mil años antes, César tenía gusto para vestir de manera llamativa y fuera de lo común. Además, puso de moda el cabello repeinado con fijador. Como a Da Vinci, persiguió al prócer Julio toda su vida un único acto de intimidad homosexual real o supuesta. Aunque su fama de mujeriego superó la prueba, nunca se libró de la especie de que había sido sodomizado en su juventud por el rey Nicomedes de Bitinia, en la costa norte de Turquía: “Empezaron a circular historias que retrataban a César como un amante muy servicial y sostenían que había sido el escanciador del rey en una bacanal a la que asistieron varios comerciantes romanos. Otro relato contaba que había sido guiado por los ayudantes del monarca hasta el dormitorio real, que una vez allí le habían vestido con unos ropajes púrpuras y le habían dejado reclinado en un diván dorado esperando a Nicomedes … La aristocracia romana admiraba casi todo lo que implicaba la cultura griega, pero nunca aceptó abiertamente la celebración de la homosexualidad propugnada por la nobleza en algunas ciudades griegas”.

A diferencia de mi respeto por Nicholl, percibo en la lectura de César, presentada como “La biografía definitiva”, que Adrian Goldsworthy no logra plasmar los cimientos del relato de manera completa y satisfactoria. La desaparición de fuentes excusa al autor por transmitir esa sensación. Sin embargo, algo permanece inexplicado en el texto: la potencia del ascenso de César, como si hubiera contado con una ventaja, una protección oculta que le allanara el camino. A pesar de que Godsworthy no escatima advertencias acerca de que la historia pudo haber sido otra, queda la impresión de que no llegamos a saber qué alimentó su irrefrenable ascenso en la elitista sociedad romana, aún cuando sus triunfos los obtiene en edad madura. La presencia evasiva de Juba, nuestro cercano redescubridor mauritano, el horror de los galos a que les seccionaran la cabeza o la intensa cercanía que nos transmiten las anotaciones y cartas de Cicerón, son apenas unas perlas entre los detalles belicosos de esta magna biografía, que transcurre en el siglo I, antes de la erección del arcángel.